miércoles, 10 de noviembre de 2010

MÉRIDA: DISCURSO DE FORTUNATO GONZÁLEZ/ACTO DE JURAMENTACIÓN CÍRCULO BIENVENIDA

Discurso de Fortunato González

Acto de Juramentación del Círculo Bienvenida

Capítulo de Mérida-Venezuela


SOBRE LA ÉTICA DE LAS CORRIDAS DE TOROS

En homenaje a la Dinastía Bienvenida,

en la instalación formal del Capítulo de Mérida

Fortunato González Cruz

Mérida, 9 de Niviembre de 2010

A partir de la prohibición de las corridas de toros en Cataluña, se ha producido una abundante literatura que aporta nuevas perspectivas a una discusión de siglos gracias a la calidad de algunos intervinientes como Fernando Sabater, Mario Vargas Llosas, Francisco Woff, Aracelis Guillaume y Beatriz Badorrey, y las reflexiones artísticas y profesionales de Enrique Ponce y Luís Francisco Esplá, ambos galardonados con la Medalla de las Bellas Artes de España.

Un primer asunto en discusión en si la prohibición es un mecanismo válido a estas alturas del siglo XXI cuando la sociedad reclama más libertad, en particular en el ámbito de la cultura y del arte. Desde el mayo francés se apuesta por no prohibir y dejar que la propia sociedad defina sus gustos y tendencias, con los límites que impone el interés general. La norma que coarta la libertad es excepcional porque impone una restricción a la posibilidad de hacer, en consecuencia, solo es admisible cuando el Estado, único agente social que puede dictarla, tiene razones jurídicas para imponerla. No matar y no robar son normas prohibitivas que responden a valores de justicia. La prohibición de no adelantar cuando se marca el pavimento con una raya blanca continua, por ejemplo, tiene que ver con el peligro al que se expone el conductor que viene en sentido contrario. Si a una autoridad estatal se le ocurre prohibir un concierto de Lady Gaga, por ejemplo, por razones morales, éticas o estéticas, sale del ámbito de lo jurídico. La sociedad actual rechazaría una norma semejante, aunque una porción la aceptaría o le sería indiferente. No voy a comparar una corrida de toros con un concierto de esa señora, pero la prohibición, en ambos casos, es equivalente porque carece de juridicidad, aunque pueda tener otras motivaciones.

Otro aspecto del debate se refiere a la ética de la vida y de la muerte tanto del hombre como del animal. Son, por supuesto, temas distintos. El hombre (ser único e irrepetible) tiene derecho a la vida porque nace para vivir, para ejercer su libertad, para crear con su inteligencia y hacerse responsable de sus obras, y morir con pleno respeto de su dignidad. La vida puede colocarlo en situaciones de peligro, ejercer oficios peligrosos, arriesgarla: son alternativas que caben dentro de la libertad. En cuanto a los animales somos los humanos los que tenemos derechos y deberes frente a ellos. Algunos los criamos y mejoramos su genética, la calidad de sus carnes, su comportamiento, su belleza, porque nos servimos de ellos para alimentarnos, para compañía, admirarlos o realizar con ellos determinadas actividades. Lo ético, es decir, la valoración ética del comportamiento humano con respecto a los seres vivos es que se les trate con respeto y conforme a su tipo. Lo aparentemente paradójico es que existen animales que los criamos para matarlos y comer sus carnes. Matar un animal para comer su carne no es contrario a la ética, como tampoco es inmoral ordeñar una vaca.

La vaca lechera, el perro o el toro de lidia son criados para cumplir un objetivo en consideración a una cualidad que le es propia. No se puede ordeñar un perro, ni poner una vaca a cuidar una propiedad. El toro de casta se cría porque su naturaleza bravía lo hace apropiado para la lidia. No tiene sentido criar un animal tan peligroso por su carne. Se cría porque enviste de una determinada manera, lo que lo hace apropiado para elaborar un ritual artístico cuyo componente esencial es la bravura. Lo primario e insustituible de una corrida de toros es la muerte, que debe sortearla el torero y producírsela al animal con la espada, siguiendo los cánones del ritual. La muerte de un toro de lidia en el matadero carece de valor ético, como la de una vaca lechera en plena producción, o la de un cerdo cuya muerte no sea útil para aprovechar sus jugosas carnes. No puede aplicarse el mismo criterio valorativo a la muerte de un cerdo, de una vaca o de un toro de lidia; mucho menos la de un ser humano, como pretenden algunos animalistas extremistas.

¿Es ético divertirse con la muerte de un animal? No. Quienes vamos a una corrida no apreciamos la muerte en si misma, sino la forma como se produce. La muerte de una persona joven duele más que la de quien ya ha transitado toda una vida, o es el desenlace de una penosa enfermedad. Nos desagrada la muerte banal de un toro bravo, pero la valoramos cuando es la culminación de una faena artística y el efecto de una estocada limpia. La corrida de toros es un arte en que la perfección de la forma se funde con la eternidad, en un instante donde se impone la verdad, el valor y el arte en su expresión más dramática y pura, de cara a la muerte. Allí está tanto su ética como su estética.

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